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Como gigantes que cuidan un tesoro encantado, a lo lejos, las montañas se levantan al finalizar el valle. En días azules danzan con las nubes; en días grises perdidas entre nieblas y relámpagos; en ocasos, besan al sol con sus colores de fantasía mientras una a una aparece las estrellas arrulladas por la luna. En la noche, se pierden en la inmensidad del firmamento, en la oscuridad, en el silencio que es cómplice de un recuerdo esperanzador de lo que fue el día… apacibles las cordilleras guardan, como centinelas a la ciudad que duerme entre brillos y efemérides.
Allá, donde se levantan hermosas pinceladas de colores verde y azules se encuentra la inconmensurable presencia de las f lores, hiervas, ríos, piedras, árboles y animales. Ríos que bañan a la ciudad; aves que cruzan casas, parques, iglesias y galerías; plantas que embellecen antejardines y el interior de las casas… un pedazo de montaña incrustada en la urbe, raptada, violentada para el deleite y capricho humano. En el horizonte, un mundo colorido vestido bajo un solo manto... una orquesta inesperada se ensancha cuando acaricia el sol a la tierra en su nariz.
Y en la inmensidad de la tierra, hay casas que alumbran en la noche y humean gran parte del día; hay niños, niñas, mujeres, y ancianos labrando la tierra; hay montañas, también habitantes de montañas, de serenidades, de tormentos, de historias violentas y leyendas encantadas. A lo lejos montañas, de cerca alimento, sudor y ropa.
Las vértebras dominantes desde este punto de la ciudad, que es fragmento silencioso y conocedor de la bulla de los carros y los gritos de la gente; sirve como recipiente temporal simbólico para rendir un sentido homenaje a los ecos de las montañas y susurros naturales. El ruido de la ciudad versus el espíritu de la montaña condensada en imágenes poéticas del diario vivir inmersas entre trapiches, caballos, vacas, aves y aire limpio. En disonancia, el misterio que evoca y la historia de guerras que se ciñen a su espacio y que la mayoría de colombianos observamos o escuchamos a través de los medios de comunicación e información.
Pensar la fuerza de la montaña, es evocar la presencia indomable del campesino en las plazas, que a su vez es la sombra de la montaña, madre que alimenta, que labra, que enseña y ayuda a construir un mejor país. Pensar la ciudad, es pensar en una hija e hijo arrullado por su madre, alimentada(o) por esquicitos manjares producidos por la tierra.












