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Hay una ciudad superficial construida sobre una ciudad conocedora de túneles, del frio de la noche, el calor abrazador de un sol de medio día y el esmog de los carros; que conoce los desafíos, los pronósticos del tiempo; de sus ríos y sus puentes; de los desprecios humanos y el calor de una mano amigable… una ciudad profunda que despierta en las noches las más sublimes y bajas pasiones, al mismo tiempo que esgrima su aliento entre la vida y la muerte mientras la otra ciudad duerme envuelta por sueños de jardines encantados. Hay una ciudad caminante, avanzando temblorosa, amedrenta sobre el suelo asfaltado; una sub -ciudad reina madre y rey padre de los espacios incoloros donde cobija el sinsabor de una nostalgia, un recuerdo, el olvido y que solo se activa cuando la presencia indómita de quien habita los túneles, las calles, los puentes, captura nuestras pupilas… un hermano ha caído, un hermano se nos muestra en total plenitud para nuestra salvación.
Habitar la ciudad con sus ruidos y colores, entre la mugre y la indiferencia de la muchedumbre seguramente ha de ser algo doloroso, algo que quizá nunca lo sabremos por habitar bajo comodidades heredadas, no obstante, es propio del sentimiento anímico del arte reaccionar frente tales síntomas mencionados. El dolor del otro, también es dolor y solidaridad en los artistas, quienes, a través de trazos y mecanismos electrónicos aquí presentes, mutan la condición de vagabundo a rey, por la manera de apropiarse del espacio e instaurar un control del cual es presa las retinas de quien observa lo insospechado. Seguramente la fealdad sea un encuentro bello, que sirve para sensibilizar la mirada y a partir de ello haya una tenue trasformación y resignificación del espacio urbano dentro de la psique de quien observa.
De este modo “HABITAR” es un pequeño espacio dedicado a un silencio que rompe la monotonía de los espacios de la urbe y nos confronta con la esencia del ser humano en su máximo y mínimo estado de locura. Por otro lado, se concibe con la idea clara de contrastar la memoria del museo y los sentidos de los espectadores en relación con la ciudad, aunque solo sea por un par de segundos. Por último, la multiplicidad de ideas y sentimientos conduce inevitablemente a pensar la ubicación de la casa museo como un lugar de relevancia histórica ubicado en el centro de Popayán, una casa que muchas veces ha sido testigo de la bulla de la ciudad, del deambular y del despertar de habitantes de la calle y que de hecho se toma como punto de partida para acariciar y rendir un sentido homenaje a quienes con su presencia nos invita a reflexionar la fragilidad y los excesos humanos.














